lunes, 31 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
sábado, 11 de diciembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
viernes, 8 de octubre de 2010
viernes, 1 de octubre de 2010
martes, 28 de septiembre de 2010
domingo, 26 de septiembre de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
martes, 29 de junio de 2010
UN VELORIO “LEVANTAMUERTOS”

Que “la muerte nos desnuda a todos” es verdad de Perogrullo, pero si es en China, indiscutiblemente, la muerte los desnuda más. Especialmente si el funeral es en aquellos pueblitos en que han acostumbrado atraer a los asistentes con espectáculos de striptease.
Sabíamos de funerales donde se ofrecen comidas y bebidas, pero de velorios con bailarinas y desnudos, francamente no. Es que es para morirse. No de risa, sino del estupor porque a más del dolor de perder a un ser querido los deudos podrán perder la libertad e ir presos, según las nuevas ordenanzas chinas que han pretendido erradicar esta costumbre.
Por mi parte, me parece muy bien que haya cuerpos desnudos en mi entierro, pero –como me dijo un amigo- “siempre y cuando no sea el de la viuda de uno”.
Pese a que en Ecuador no acostumbramos esos recursos para atraer público a los sepelios, creo que iré pensando en una lista de atractivos que me aseguren una buena concurrencia el día de mi velorio. Así sentiré que soy un cadáver importante y popular.
1.- Repartiré camisetas con mi foto, al estilo de ciertos candidatos presidenciales, con la leyenda “Yo voté… la toalla”
2.- Boletos con descuentos: “Reviva… con nuestros masajes” (con el auspicio de SENSUAL SPA)
3.- Llaveros, calendarios y recuerdos con la leyenda: “Yo enterré a…”
Sin embargo, debo reconocer que el striptease es la fórmula más efectiva para atraer público. Pero no lo haré, porque la única vez que estuve presente en uno de ellos fue cuando me asaltaron y me dejaron literalmente llucho. Pese a ello no veo con tanta desaprobación si alguien lo intenta. Cierto que si pensamos en los riesgos, existen probabilidades de que en medio velorio alguien muera de infarto, pero es también cierto que las hay de que el muerto se levante…
Si bien suscribo las palabras del poeta cuando canta, “para qué pensar en la muerte, mientras tenga la vida”, no vamos a negar que la muerte (al menos con minúscula) nos acompaña a diario. “Aaayy mi amor –dice la esposa- vengo muerta del cansancio”. “Pobrecita, mi vida –le responden - entonces ven a ver este email a que te mueras de risa”. Se muere de amor el inexperto amante escribiendo cartas que luego de años le harán morir de vergüenza. Se queja la casada muerta en vida; se muere de angustia el editor cuando nos atrasamos con la entrega; nos morimos de iras leyendo artículos como éste… etc. etc. ¡Nos pasamos muriendo! Pero de ahí a pensar en nuestra despedida es otra cosa. Por eso siempre me llamó la atención el que muchos “den la vida” por tener… una buena muerte. O al menos un buen sepelio.
¿No son acaso las aseguradoras las que, con “sonrisa en mano”, nos convencen de que es bueno ir comprando ya el espacio no en el cielo sino en el suelo… (o mejor dicho bajo el suelo)? Los seguros de muerte, las ventas de nichos, y hasta las indulgencias de antaño apuntaban a lo mismo: asegurarnos un espacio en la laaaarga fila al más allá.
Se supo del caso en una ciudad de Colombia en donde al segundo día de velar a un cataléptico, éste se levantó en medio del pánico de los deudos, y lo primero que hizo en su condición de “vuelto a la vida” fue ir a reclamar a la Aseguradora cuando se enteró del incumplimiento de la póliza, y como era de esperarse, ellos negaron su reclamo y él procedió… a morirse de iras para siempre.

La inmortalidad es algo por lo que muchos hasta dan su vida… Yo me contentaré con ser querido en mi existencia, y en mi despedida no haré nada especial. Máximo pondré un rótulo que diga: “No se rían. Hoy sí, creo, es en serio”. Como serio es el striptease en el sepelio de los chinos. ¡Tanto lío por unos cuerpos desnudos en medio velorio! Y no nos damos cuenta que los costos de un funeral ya son como para dejarle en cueros a cualquiera…
lunes, 7 de junio de 2010
martes, 1 de junio de 2010
Apología del espermatozoide
(Para Revista NUESTRO MUNDO)
Me cuesta creer que el niño que está aquí sentado frente al televisor comiendo canguil, impertérrito y sin moverse nada durante cuatro horas haya sido alguna vez el atlético espermatozoide que en durísima carrera venció a millones o billones de hermanos e implacables competidores. Pero sí, es la dura realidad. Es el mismo. Solo que vestido con pantalones que se sujetan en la cadera y con bastas que se muelen bajo los zapatos. Ese mismo sujeto ahora es incapaz de moverse, hacer ejercicio o realizar una simple caminata al parque.
Si bien no conocemos mucho de la vida deportiva del espermatozoide, estamos seguros de que es capaz de dar la vida en su carrera tan intensa. No sabemos si el espermatozoide suda, pero es comprobado que se las arregla como puede para llegar a la meta, a diferencia de ese muchacho que olvida que cuando fue espermatozoide no andaba preocupado de que los zapatos sean Reebok o el calentador Adidas. 
¡En qué momento se produjo el cambio? El espermatozoide ahora nos pide que le llevemos a casa de los amigos, que le vayamos a traer, que le compremos… que le… y para cerrar con broche de oro que, además, no le molestemos cuando se encierre en su cuarto.
Cuando crece la cosa es peor. Perdón. Cuando crece, coma, la cosa es peor (porque tampoco vamos a llamarle cosa al adolescente solamente por haber llegado a semejante estado). Pero la verdad es que en ciertos casos sorprende el inmovilismo de algunos adolescentes.
La evolución de la Humanidad ha consistido en una permanente movilidad. No así el adolescente que parece escapar a esa regla. El cree que no debe moverse. Es verdad que los hay deportistas, y otros que de vez en cuando emprenden alguna aventura campestre, pero no vamos a engañarnos aquí: para la gran mayoría lo único de ágil en sus vidas es la comida rápida. A este paso, la evolución hará que el espermatozoide que venza, el más adaptado, no sea el que más corra sino el que venga con pulgar e índice incorporados, para chatear más rápido o para mandarle un e-mail a su mamá diciendo “¡ya nací!... ven a recogerme”.
Por qué cuando fuimos espermatozoide éramos tan ágiles y entusiastas y ahora no? Sí, ya sé que algunos dirán que el espermatozoide tiene que hacer una carrera de apenas diez centímetros para alcanzar la meta, pero conozco padres que dejan a sus hijos en casa y cuando vuelven los encuentran frente al televisor sin que se hayan movido ni un centímetro.
Acostumbrados solo a preguntarnos sobre la vida después de la Muerte, nunca pensamos en la vida antes de la Vida. Y es un gran error, porque tenemos mucho que aprender del espermatozoide. 
Con esto de las regresiones, tan de moda, ya va siendo hora que alguien logre llegar tan atrás y le haga una entrevista. Seguro que encontraríamos a alguien de valía y solidario. El espermatozoide no bebe, no fuma, trabaja en equipo, pero no olvida su misión personal. Los científicos no han descubierto que un espermatozoide le ponga el pie a otro, o que recurran al doping. ¡Noo! Juega limpio, y cuando gana acepta la medalla en silencio (a veces acepta hasta un nombre horrible), y si pierde admite la derrota ¡y listo!
No por eso es un conformista, porque debemos saber que tiene ambiciones. No contentos con llegar al óvulo, en muchos casos han llegado incluso a ser científicos, investigadores, deportistas. Claro que en otros han llegado a ser políticos, o caricaturistas, pero esto no hace sino demostrar que el problema no está en la vida del espermatozoide en sí, sino en lo que después hacen de él. Como el adolescente.
Algún lector quizá me dirá: “si acaso su propuesta es parecernos al espermatozoide, usted Bonil va en muy buen camino…”. Pero no. Mi interés es tan solo patalear, protestar y reclamar porque cada vez nos vamos haciendo más sedentarios y pasivos. Me rebelo ante esta realidad y procuro “embarazarme” de la idea de lograr mayor actividad y dejarme fecundar por el interés de evitar la hipertensión.
Lo único que me preocupa es darme cuenta que este artículo también fue escrito y leído estando sentados…
Me cuesta creer que el niño que está aquí sentado frente al televisor comiendo canguil, impertérrito y sin moverse nada durante cuatro horas haya sido alguna vez el atlético espermatozoide que en durísima carrera venció a millones o billones de hermanos e implacables competidores. Pero sí, es la dura realidad. Es el mismo. Solo que vestido con pantalones que se sujetan en la cadera y con bastas que se muelen bajo los zapatos. Ese mismo sujeto ahora es incapaz de moverse, hacer ejercicio o realizar una simple caminata al parque.
Si bien no conocemos mucho de la vida deportiva del espermatozoide, estamos seguros de que es capaz de dar la vida en su carrera tan intensa. No sabemos si el espermatozoide suda, pero es comprobado que se las arregla como puede para llegar a la meta, a diferencia de ese muchacho que olvida que cuando fue espermatozoide no andaba preocupado de que los zapatos sean Reebok o el calentador Adidas.

¡En qué momento se produjo el cambio? El espermatozoide ahora nos pide que le llevemos a casa de los amigos, que le vayamos a traer, que le compremos… que le… y para cerrar con broche de oro que, además, no le molestemos cuando se encierre en su cuarto.
Cuando crece la cosa es peor. Perdón. Cuando crece, coma, la cosa es peor (porque tampoco vamos a llamarle cosa al adolescente solamente por haber llegado a semejante estado). Pero la verdad es que en ciertos casos sorprende el inmovilismo de algunos adolescentes.
La evolución de la Humanidad ha consistido en una permanente movilidad. No así el adolescente que parece escapar a esa regla. El cree que no debe moverse. Es verdad que los hay deportistas, y otros que de vez en cuando emprenden alguna aventura campestre, pero no vamos a engañarnos aquí: para la gran mayoría lo único de ágil en sus vidas es la comida rápida. A este paso, la evolución hará que el espermatozoide que venza, el más adaptado, no sea el que más corra sino el que venga con pulgar e índice incorporados, para chatear más rápido o para mandarle un e-mail a su mamá diciendo “¡ya nací!... ven a recogerme”.
Por qué cuando fuimos espermatozoide éramos tan ágiles y entusiastas y ahora no? Sí, ya sé que algunos dirán que el espermatozoide tiene que hacer una carrera de apenas diez centímetros para alcanzar la meta, pero conozco padres que dejan a sus hijos en casa y cuando vuelven los encuentran frente al televisor sin que se hayan movido ni un centímetro.
Acostumbrados solo a preguntarnos sobre la vida después de la Muerte, nunca pensamos en la vida antes de la Vida. Y es un gran error, porque tenemos mucho que aprender del espermatozoide.

Con esto de las regresiones, tan de moda, ya va siendo hora que alguien logre llegar tan atrás y le haga una entrevista. Seguro que encontraríamos a alguien de valía y solidario. El espermatozoide no bebe, no fuma, trabaja en equipo, pero no olvida su misión personal. Los científicos no han descubierto que un espermatozoide le ponga el pie a otro, o que recurran al doping. ¡Noo! Juega limpio, y cuando gana acepta la medalla en silencio (a veces acepta hasta un nombre horrible), y si pierde admite la derrota ¡y listo!
No por eso es un conformista, porque debemos saber que tiene ambiciones. No contentos con llegar al óvulo, en muchos casos han llegado incluso a ser científicos, investigadores, deportistas. Claro que en otros han llegado a ser políticos, o caricaturistas, pero esto no hace sino demostrar que el problema no está en la vida del espermatozoide en sí, sino en lo que después hacen de él. Como el adolescente.
Algún lector quizá me dirá: “si acaso su propuesta es parecernos al espermatozoide, usted Bonil va en muy buen camino…”. Pero no. Mi interés es tan solo patalear, protestar y reclamar porque cada vez nos vamos haciendo más sedentarios y pasivos. Me rebelo ante esta realidad y procuro “embarazarme” de la idea de lograr mayor actividad y dejarme fecundar por el interés de evitar la hipertensión.
Lo único que me preocupa es darme cuenta que este artículo también fue escrito y leído estando sentados…
lunes, 31 de mayo de 2010
jueves, 27 de mayo de 2010
El Hijuefante
(Cuento para revista "NUESTRO MUNDO")

Hubo una vez un elefante cuya aspiración recurrente, casi obsesiva, era tener un hijo. Soñaba imaginando que sería un excelente padre. Mejor que todos, con un elefantito de grandes proyecciones que, cuando adulto, llegaría a ser líder de la manada.
Quiso el destino que el deseo intenso de este paquidermo se postergara durante años, con lo cual aquel inquietante anhelo se transformó en fijación, en tormento. Pero como a veces ocurre, las cosas que se desean con mucha intensidad terminan por cumplirse y sucedió un día que Mantao –así se llamaba- encontró a una elefanta que no solo que compartía el mismo sueño sino que, además, estaba convencida de querer formar una familia y conservar a su pareja.
El encuentro no fue diferente de lo que suelen ser los encuentros de elefantes, aunque sí hay que reconocer que en esa ocasión hubo temblores muy fuertes en la sabana, los árboles se agitaron a distinto ritmo que el del viento, y los animales interrumpieron sus actividades para imaginar escenas que correspondieran a las sacudidas.
“El nombre es lo de menos”, dijo la madre de Mantao al enterarse de la proximidad del nieto. Pero Mantao no pensaba igual y vio desfilar en su mente más de veinte hormigas llevando cada una un nombre en la espalda. Todos le gustaban: Intiao, Perimal, Suatelón, Wenjao, Besaot...
Cuando nació Milthrep, nombre que finalmente escogió porque en swamené quiere decir “el esperado”, Mantao sintió cómo su trompa se adelgazaba y se estiraba hacia abajo, junto con sus párpados inferiores, hasta fijar en sus ojos esa expresión mezcla de asombro y desconcierto.
La indignación no era por la decepcionante espera. Eran esas rayas que atravesaban la piel, por cierto muy distinta de la suya. Era que la trompa parecía estar en la parte posterior del cuerpo. Eran esos ojos que si bien aún cerrados, se adivinaban rasgados, gatunos y compañeros naturales del par de bigotes largos y puntiagudos con que nacen... ¡los tigres!
“¡Un tigre?”, exclamó. Se miró al espejo, en un gesto inútil y ocioso, como si alguna duda de última hora fuese posible. Miró a la madre, Yemegua, en un intento ya no de buscar explicación sino directamente de reproche, pero ella se adelantó y contribuyó al desconcierto lanzando un bramido de advertencia, como una queja, como un aviso de que no estaba dispuesta a escuchar preguntas, reprimendas o sermones.
Durante el primero año, Mantao, el padre, decidió ignorar con fuerza el ridículo que sentía al salir pintado de amarillo y rayas negras, con la ilusión nunca lograda de esfumar los comentarios, burlones unos, compadecidos otros, de los paquidermos vecinos. Pero cuando Milthrep empezó a salirse de la fila y a adelantar el paso en veloz carrera para volver con una presa entre sus fauces, o cuando en lugar de entrar a asearse en medio de la poza se lamía las manos y los costados, Mantao empezó a sumarse a la desaprobación colectiva, desistió de continuar pintándose las rayas para parecerse a su hijo y dejó que le brotara la frustración y la ira contenidas.
- ¡Un hijo es un hijo!, argumentó Yemegua, la madre
- Pe… pero... ¡cómo pudiste! le recriminó Mantao, y luego se explayó en una interminable retahíla de regaños.
Finalmente, fastidiada de tanta discusión inútil, ella se llevó las manos (o las patas) hacia el corazón y con una torpeza diminuta, con movimientos circulares recorrieron la larga fila de botones que cubrían el vientre, hasta que dejaron que una piel cansada, vieja, grisácea se fuera abriendo en dos. Los ojos de Mantao no podían dar crédito cuando vieron que, de en medio de la piel salía lentamente otra distinta, más lanuda, amarilla y negra, tal como la de un tigre... o tigresa en este caso, pues la madre Elefante no era sino... ¡una tigresa!
De nada sirvió que Mantao emitiera un chillido enorme de sorpresa. Nadie le escuchó y él mismo luego de ese grito se quedó pasmado. Su esposa finalmente confesó que siempre admiró la parsimonia, la fuerza, la grandeza, el sentido solidario de grupo de los elefantes y que por eso decidió disfrazarse para toda la vida como elefante.Mantao, se sentó en la primera piedra que encontró, meditó en lo que escuchó y al final no tuvo más remedio que aceptar y perdonarla. “A decir verdad, -declaró- no la culpo. Alguna vez yo también me disfracé de hormiga”
Quiso el destino que el deseo intenso de este paquidermo se postergara durante años, con lo cual aquel inquietante anhelo se transformó en fijación, en tormento. Pero como a veces ocurre, las cosas que se desean con mucha intensidad terminan por cumplirse y sucedió un día que Mantao –así se llamaba- encontró a una elefanta que no solo que compartía el mismo sueño sino que, además, estaba convencida de querer formar una familia y conservar a su pareja.
El encuentro no fue diferente de lo que suelen ser los encuentros de elefantes, aunque sí hay que reconocer que en esa ocasión hubo temblores muy fuertes en la sabana, los árboles se agitaron a distinto ritmo que el del viento, y los animales interrumpieron sus actividades para imaginar escenas que correspondieran a las sacudidas.
“El nombre es lo de menos”, dijo la madre de Mantao al enterarse de la proximidad del nieto. Pero Mantao no pensaba igual y vio desfilar en su mente más de veinte hormigas llevando cada una un nombre en la espalda. Todos le gustaban: Intiao, Perimal, Suatelón, Wenjao, Besaot...
Cuando nació Milthrep, nombre que finalmente escogió porque en swamené quiere decir “el esperado”, Mantao sintió cómo su trompa se adelgazaba y se estiraba hacia abajo, junto con sus párpados inferiores, hasta fijar en sus ojos esa expresión mezcla de asombro y desconcierto.
La indignación no era por la decepcionante espera. Eran esas rayas que atravesaban la piel, por cierto muy distinta de la suya. Era que la trompa parecía estar en la parte posterior del cuerpo. Eran esos ojos que si bien aún cerrados, se adivinaban rasgados, gatunos y compañeros naturales del par de bigotes largos y puntiagudos con que nacen... ¡los tigres!
“¡Un tigre?”, exclamó. Se miró al espejo, en un gesto inútil y ocioso, como si alguna duda de última hora fuese posible. Miró a la madre, Yemegua, en un intento ya no de buscar explicación sino directamente de reproche, pero ella se adelantó y contribuyó al desconcierto lanzando un bramido de advertencia, como una queja, como un aviso de que no estaba dispuesta a escuchar preguntas, reprimendas o sermones.
Durante el primero año, Mantao, el padre, decidió ignorar con fuerza el ridículo que sentía al salir pintado de amarillo y rayas negras, con la ilusión nunca lograda de esfumar los comentarios, burlones unos, compadecidos otros, de los paquidermos vecinos. Pero cuando Milthrep empezó a salirse de la fila y a adelantar el paso en veloz carrera para volver con una presa entre sus fauces, o cuando en lugar de entrar a asearse en medio de la poza se lamía las manos y los costados, Mantao empezó a sumarse a la desaprobación colectiva, desistió de continuar pintándose las rayas para parecerse a su hijo y dejó que le brotara la frustración y la ira contenidas.
- ¡Un hijo es un hijo!, argumentó Yemegua, la madre
- Pe… pero... ¡cómo pudiste! le recriminó Mantao, y luego se explayó en una interminable retahíla de regaños.
Finalmente, fastidiada de tanta discusión inútil, ella se llevó las manos (o las patas) hacia el corazón y con una torpeza diminuta, con movimientos circulares recorrieron la larga fila de botones que cubrían el vientre, hasta que dejaron que una piel cansada, vieja, grisácea se fuera abriendo en dos. Los ojos de Mantao no podían dar crédito cuando vieron que, de en medio de la piel salía lentamente otra distinta, más lanuda, amarilla y negra, tal como la de un tigre... o tigresa en este caso, pues la madre Elefante no era sino... ¡una tigresa!
De nada sirvió que Mantao emitiera un chillido enorme de sorpresa. Nadie le escuchó y él mismo luego de ese grito se quedó pasmado. Su esposa finalmente confesó que siempre admiró la parsimonia, la fuerza, la grandeza, el sentido solidario de grupo de los elefantes y que por eso decidió disfrazarse para toda la vida como elefante.Mantao, se sentó en la primera piedra que encontró, meditó en lo que escuchó y al final no tuvo más remedio que aceptar y perdonarla. “A decir verdad, -declaró- no la culpo. Alguna vez yo también me disfracé de hormiga”
miércoles, 21 de abril de 2010
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